En la semana en que se han cumplido cuarenta años de la edición de uno de los discos más trascendentales de la historia de la música, La leyenda del tiempo, voy a innovar y hablar del tiempo. No del lorquiano en los textos que a Camarón le sonaban a marciano, sino del tiempo en tal que tiempo. Del tiempo per se.

Para tiempo, el poco que han tardado en revertir el efecto extorsión los de Radiohead. Se hizo público el robo de sus maquetas de su obra maestra del 97, Ok Computer y del chantaje que les proponía algún ciberdelincuente con pocas ganas de trabajar. Aunque, puestos a conjurar: ¿y si se tratase de una astuta maniobra para colarnos las maquetas, amparada por una buena causa? No caigamos en el vicio de internet y su filia por las conspiraciones. Módico precio a favor de la lucha contra el cambio climático para fans. Aquello que los modernos decimos café para los muy cafeteros.

Pero hablemos del tiempo en general. Solo una cosa antes; tenemos tiempo para ello.

Últimamente solo escucho hablar de cosas nimias –no en cuanto a la temática, sino en cuanto al modo de exponerlas. Personas preocupadas por cuestiones de gustos. En lugar de replantearse su pasivo perfil consumista que les está quebrando la capacidad real crítica, se pierden en estúpidas recogidas de firmas para mostrar su disconformidad. No me gusta esto, ergo ¡fuera! ¡Fuera la inteligencia!

Fuera hace buen tiempo a ratos. Y a ratos, no. Son las cosas del tiempo.

No hace buen tiempo para la percepción de la política. Esta era de la posverdad es, en realidad, del mamoneo. La necesidad de sumas de minorías que terminan restando a la mayoría. Por cierto, la mayoría ni está, ni se le espera –ni se desespera a pesar de tener suficientes motivos. Parecen estar a otras cosas. Hablando del tiempo, por ejemplo. Subidos en un ascensor, que puede estar subiendo o bajando. Precisamente ahí reside el intríngulis.

En los ascensores se habla del tiempo; ¡eso sí son conversaciones de altura! Ayer, en el breve trayecto que une el suelo con el piso de tres más arriba, me dio tiempo para comentar el buen día que hizo. A pesar del fresco. No termina de entrar el verano, respondió quien quiera que fuese. Al salir lanzamos al aire la esperanza de que, en breve hará más calor y podremos ir ya a tomar el baño. Toda la agradable charla sin apenas contacto visual. Cerrándose la puerta tras mi trasero pude escuchar la nada. No había pasado absolutamente nada. Eso es hablar del tiempo.

Hablar de nada; como cuando se habla con la boca llena. Como cuando se comenta irresponsablemente en redes sociales. Como cuando se cruza uno con alguien que es poco más que nadie y con el que no tienes nada de lo que hablar. Somos seres sociales, ¿no? Pues hablemos de algo… Hablemos del tiempo.

Propongo que en redes sociales solo se pudiese hablar del tiempo. Para hablar de otras cosas, que fuese obligatorio pagar algo simbólico. Un copago en nombre de la educación general básica. De civismo. Estoy convencido de que ganaríamos en calidad de vida social.

Luego, esta ley se podría hacer extensible a los debates televisivos, esos en los que últimamente solo aparece gente que no sabe hablar educadamente. También a los bares. Es más, igual saldríamos ganando –tal y como está el patio– si se impusiese ese toque de queda de las ideas vanas en todos lados. Así solo hablaríamos del tiempo. Una especie de sociedad adormilada que solo cruza palabras hablando de asuntos vacuos, como por ejemplo la temperatura tan agradable que hace en ese exacto instante. ¡Qué poema! ¡Qué monumento a la contención!

Es probable que ni tan siquiera los regímenes dictatoriales más agresivos que han contaminado la faz de la humanidad a lo largo del tiempo, hayan sido tan radicales como la idea que alegremente estoy redactando. Pero es que, sinceramente, el devenir del pensamiento crítico y la gratuidad en la debacle del civismo –teniendo motivos para comportarnos de modo radicalmente distinto– me abruman. Lo dicho: copago para la libertad de expresión; ¡menudo invento!

Termino porque se me echa el tiempo encima: voy a hablar del tiempo que hace ahora mismo, mientras tecleo estas palabras finales. Hace, digamos que ni frío ni calor. Más o menos como la temperatura media filosófica de la sociedad que ahora mismo nos consume. Pues eso, que aprovechemos el tiempo porque cualquier día gana el absurdo a la pasividad y nos plantan un par de dictadores mundiales en los morros. Tiempo al tiempo…

Sergi Mo

Author Sergi Mo

Artista. Pintor. Narrador de historias.

More posts by Sergi Mo