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«Soy un amante seguro. Amo ser amado». Julio Iglesias

Me siento a meditar –es un decir lo de meditar– sobre la esterilla que compré por Amazon. Veintidós euros noventa y nueve céntimos me costó en unas rebajas, de esas que hoy en día, hay a cada dos por tres. Escucho el viento ulular contra las ventanas, como un lobo en vela, a las cinco de la tarde. El lobo es el viento, pues yo asiento en silencio a cada impulso que me alienta a dejar pasar de largo los pensamientos. ¡Eso sí sería meditar de veras y no esta cutrez que adopté como postura!

Lo de la meditación es un quiero y no puedo, pues quiero y no puedo dejar de pensar en ti. ¡Oh, qué poema! ¡Ya salió el Don Juan en paro que llevas dentro, chavalón! El narrador está que se sale, acierto a imaginar. Me ha cortado el rollo, ¡y eso que ni estaba invitado a esta fiesta! Pero ha sido recordarla a ella y ha aparecido de súbito.

O puedo decir incluso de súbdito. Porque el tipo debe ser súbdito de algún reino de improperios y de meadas fuera de tiesto. Porque, ¿habrá algo más bonito que fingir que uno está meditando, mientras en realidad lo que le pasa es que está enamorado? Porque este tipo está enamorado –interviene de nuevo el narrador con gran acierto–.

¡Si estoy o no enamorado no lo has de decir tú! –incide el personaje principal; el que finge estar meditando–. ¡Cuidado! Si ahora estoy narrando yo el conflicto entre éste y el narrador, ¡es porque soy otro narrador! ¡Vaya por dónde, este caleidoscopio literario se ha enquistado y así comienzan a aflorar tumores –benignos, espero–, contando nuevas líneas de la narración!

¡Aquí no se puede meditar! –se revuelve el enamorado meditador postureta. Y se levanta de golpe. Y se va al baño, dejando la esterilla huérfana de energía zen. ¡Ha ido a cascársela fijo! –me dice el narrador que ha aparecido en último lugar. Y a mí me es igual lo que diga, porque a este tipo no lo ha llamado nadie. Este tipo solo ha hablado para joder la situación y que el otro impresentable se fuese. ¡Este tipo es un asqueroso!

¡Oiga usted, que yo solo pasaba por aquí! –le digo yo, narrador dos al primer tipo que estaba narrando la meditación fallida. Porque todos somos narradores y tenemos nuestros derechos a narrar. ¡Elitista de mierda! ¡Sinvergüenza!

¡Sinvergüenza tu puta madre! –salta el otro. Y los dos se enzarzan en una lucha a manos flojas, como dos repipis que se encaran en la puerta del club de golf. Por cierto, si estoy narrando el enfrentamiento entre estos dos, ¡yo soy otro narrador! ¡Soy otro, tan bueno o más que ellos!

¡Y una mierda! –gritan al unísono. Y desde el baño se escucha un impetuoso  ¡SHHH! Al parecer, ¡así no hay quién se la pele! Es verdad. Por ello, los narradores, asertivos y cabizbajos abandonamos la sala. Mejor irse a tomar un cerveza y dejar tranquilo al pobre chaval, ¡que bastante tiene con la tontería que tiene encima, como para andarse con derramas extras de paciencia!

Los tres narradores abandonan la sala en armonía. Y aquí quedo yo, narrando el vacío, mientras de fondo se oye la cisterna del retrete. El agua ruge caño abajo, refrescándonos la memoria colectiva de que la vida, al final, es una cuestión de saber –y poder– desaguar como es debido.

Sergi Mo

Author Sergi Mo

Artista. Pintor. Narrador de historias.

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