El gran cuñado está en todas partes; ¡larga vida al gran cuñado!

En mil novecientos cuarenta y nueve George Orwell publicó mil novecientos ochenta y cuatro. En esta fantasía distópica,  el gran hermano –ente omnipotente y déspota– rige el destino de la sociedad. A parte de escribir una buena novela, Orwell casi acierta en su –juguemos a llamarle– predicción del futuro, pues el gran hermano existe. Eso sí, no es exactamente hermano, sino cuñado. Y no ha llegado en mil novecientos ochenta y cuatro, sino treinta años más tarde. Aún así, ¡mejor que Nostradamus, admirado George!

El gran cuñado es un ente omnipotente con millones de cabezas pensantes a medio gas. Lo controla todo, fingiendo que todo lo sabe. Pero –esta es la clave–,  solo es una pretensión; una pose. Un aparentar. No reconoce en público sus debilidades. Es más, culpa siempre a factores externos de las calamidades que puedan acontecerle.

El gran cuñado está presente en nuestro ADN desde mucho antes de la disrupción que supone la revolución tecnológica del principio del siglo veintiuno. Es gracias a los tentáculos de esta por lo que se logra consolidar y establecer definitivamente en nuestras realidades, sea cual sea nuestro estrato social o capacidad de progreso.

El gran cuñado no puede evitarse. Es imposible esconderse de su mirada; del influjo que tiene en la vida contemporánea. Está presente en cada dispositivo, por insignificante que parezca. Hay un antes y un después del advenimiento del gran cuñado.

No tiene género. Puede adoptar cualquier tendencia que sirva para entender y sentir la realidad. No discrimina, pues su éxito reside en abarcarlo absolutamente todo. Y no rinde cuentas ante nadie. Puede parecer que esté regido por las grandes multinacionales, siempre ocultas en la sombra, espiándonos a través de los millones de ojos que extiende como redes de control. Nada más lejos de la realidad. Las grandes multinacionales sucumben antes los dictados del gran cuñado. Ante los algoritmos que expresan sus deseos inconclusos. Ante la soberbia de la ley del mínimo esfuerzo, amparada por el derecho a tener derecho per se.

Luchar contra el gran cuñado es una quimera. La inutilidad de cualquier esfuerzo en esta dirección es plausible, porque el fracaso es tan omnipresente como el propio éxito. Es el imbatible rasgo definitorio de la comunicación humana, después de la caída del muro de la privacidad.

Tal vez lo único que nos queda, amigo lector, es precisamente la resistencia en forma de lectura. El cerebro es en su lógica un músculo; si dejan de trabajar determinadas zonas, las capacidades asociadas a este uso merman a una velocidad vertiginosa. El conformismo del saberse siempre amparado por la comodidad infalible de la información a dos clics de distancia, es un riesgo latente que debemos identificar y combatir. Siempre que queramos, claro. Si nos es absolutamente igual, simplemente rendiremos pleitesía al gran cuñado, dejándonos manipular hasta la extenuación del hilo de babilla cayéndonos por la comisura de unos labios idiotas.

Así que esta es la realidad del asunto: solo nos queda la lectura. Ejercitar el pensamiento crítico si seleccionamos qué leer y cuando leerlo. No parar nunca. ¡Resistir! Y una cosa que me fascina: a través del gran cuñado podemos también ser parte activa de la resistencia. Tenemos a nuestro alcance varios centenares de bibliotecas como la mítica de Alejandría, o mucho más importantes. Están, a la misma distancia que he relatado antes para el mal, pero en sentido contrario: a dos clics. Millones de libros nos esperan en nuestras pantallas. El gran cuñado nos sorbe el alma pero nosotros podemos tomar antídotos a través de su mismo canal de propagación.

Os doy un buen consejo por si no lo conocéis: Ebrolis es una ventana abierta para todos aquellos que quieran resistirse al empate mental de la desidia. No hay excusas posibles, pues selecciona las preferencias que le das y te sirve en bandeja, al menos, una sesión de ilusión por mantenerte activo. Miles de ebooks a precios muy asequibles y otros tantos en promociones gratuitas. No quedan excusas posibles.

Recuerda: leer es síntoma de salud mental. Si es buena o lo contrario, depende de qué leas. La puerta de entrada a la resistencia del pensamiento crítico siempre está en un libro. Si es físico, el compromiso está arraigado además en la conciencia del objeto. Y si es digital, es una afronta al dejarse vencer por la mínima. De cualquier modo, leer ¡siempre leer! No hay excusas cuando la realidad está ante nuestras narices, saliendo directamente a través de nuestros bolsillos y bolsos. Se enciende la pantalla y el gran cuñado nos observa. En nuestra conciencia está el aguantarle esa mirada mientras no permitimos que se nos atrofie la imaginación.

Sergi Mo

Author Sergi Mo

Artista. Pintor. Narrador de historias.

More posts by Sergi Mo