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Carrito

Y la parte que de verdad no entiendo, si buscas autoayuda ¿por qué lees un libro escrito por otra persona? Eso no es autoayuda ¡es ayuda!       George Carlin.

Mark Twain dijo: “El humor es nuestra salud”.  Habrá que cuidarse pues, ¿no? Atendiendo a la etimología de la propia palabra, humor viene del latín, humoris y significa un todo líquido. El humor es algo que lo envuelve todo; que nos contagia, que nos aporta frescura; agudiza la inteligencia… Nos da vida; y libertad.

El escritor José Antonio Pérez Rioja decía “sin una cierta libertad el humorista se ve condenado a la inexistencia”. Por otra parte, Henry Bergson, filósofo inglés estudioso del humor, decía que para producir todo su efecto, lo cómico exige de una anestesia momentánea del corazón. He aquí la insensibilidad de la risa cómica. Por eso vemos como, por ejemplo, alguien hace el ridículo, o se da un tortazo y nos reímos.

El humor primigenio, aquel testimonio en celuloide mudo del principio de los tiempos del cine, aquel regador regado millones de veces visto desde aquella inicial ocurrencia, es fiel reflejo de este tipo de humor. Harold Lloyd, Buster Keaton, Laurel & Hardy, la primera época de Chaplin… También vienen a mi mente dibujos animados de mi infancia, entrañables (hoy en día, por desgracia, políticamente incorrectos): Tom y Jerry, Pixie y Dixie, Los Looney Tunes…

Vivimos en la actualidad una auténtica regresión hacia el idiotismo en general, una espiral de comedida soplapollez, un continuo festival de lo aparente en base a lo prácticoestético sin importar ni el recorrido ni la profundidad o, lo que es más importante, las consecuencias de tanta tontería institucionalizada.

Los expertos nos aconsejan que los niños no vean, por ejemplo, cómo el Coyote le lanza desde lo alto de una montaña un yunque en la cabeza al correcaminos -fallando siempre- porque es “inapropiado”. No fomenta los valores de empatía necesarios para evolucionar hacia una sociedad de superpersonas basada en la bondad, la solidaridad y el amor.

Tampoco es conveniente que se  columpien en columpios de hierro no homologados sin el suelo del parque acolchado. Ni que monten en bicicleta sin cascos homologados. Por supuesto, que no pierdan en una competiciones escolares homologadas, ni fracasen ni aprehendendan lo que es la competitividad porque todos tenemos derecho a ser iguales ante todosLuego, cuando crezcan y sean contratados como becarios a cambio de las gracias por dejarles existir; cuando se sumerjan de cabeza en el fantástico y justo mundo laboral que hemos creado en los últimos tiempos, entonces, será cuando descubrirán, como si de una jarro de agua fría fuese, lo qué es la realidad.

Qué es el fracaso; qué es la violencia explícita de la propia vida; esa que desde bien pequeños los expertos homologados se preocupan por ocultarles para que su desarrollo sea lo más feliz posible. ¡Manda huevos! -huevos homologados también, por supuesto-.

Pues resulta que no es correcto que vean al Coyote haciendo el ridículo ante el Correcaminos,  pero en cambio, sí pueden pasarse horas delante de un dispositivo electrónico que les aísla del mundo real. Así parece que molestan lo menos posible a los sufridos padres, enseñándoles de paso lo monótona y plana que se torna la vida cuando se agota la batería.

¿Y qué puedo hacer ahora en esta playa, descampado, parque, montaña, parque de atracciones, cine, vertedero, restaurante, biblioteca o juguetería ¡sin batería! ¡¡¿Qué-puedo-hacer?!!

O también pueden, por ejemplo, jugar al mundialmente famoso -y multimillonario- GTA o videojuegos por el estilo, los más vendidos, de gran valor educativo, clarísimamente, si lo que aspiras en esta vida es a quemar vagabundos y atropellar putas. Estos videojuegos los compran los frustrados padres para jugar ellos pero, constantemente, ante la insistencia del hijo que quiere imitar lo que ve hacer al padre, permiten a los críos que jueguen… ¡así comparten tiempo familiar con ellos! (sic). O eso es lo que dicen, porque siempre terminan yéndose a por una cerveza y aprovechando la concentración del menor en la descarga cinética de adrenalina virtual, para mirar en su smartphone todo el contingente de porno y violencia soez que han colgado sus amigos de grupos del whatsapp.

Eso de los niños jugando regularmente a videojuegos violentos, no es que puedan hacerlo, es que lo hacen… Pero, en cambio, no es conveniente que vean como un pato estúpido que habla con frenillo, le vacila a un ridículo cazador malhumorado, mientras éste le dispara en la cara, dejándole al pato el pico en el cogote de la manera más absurda y cómica posible.  ¡Eso resulta que es delicado y puede herir sensibilidades!…

Y yo sabes qué les digo: ¡que les den a estos  relamidos y puritanos censores de la imaginación en el siglo XXI! Mis hijos -si es que puedo comprarme alguno con estos impuestos que nos aprietan los gobiernos últimamente- verán todas aquellas maravillosas y absurdas animaladas en Dvd, porque ¡son niños! y tienen el deber de reír abiertamente, no encauzados, ni sobreprotegidos… ¡ni aborregados! Es lo que tiene ser niño. No acarrean tantos estúpidos amaneramientos como nosotros, -lo veremos más adelante-. Tienen que poder descubrir, -como yo lo hice y supongo que tú también, sino hace un buen rato que habrías dejado de leer este libro-, qué es la imaginación y cómo podemos decantarla hacia la comicidad, si tenemos predisposición intuitiva para hacerlo.

Poco a poco ya descubrimos -y para ello nos ayudan nuestros tutores a discernir lo que está bien y lo que está mal. Pero descubriendo los límites, los márgenes imaginarios. Si llevas a los críos a la bolera y les enseñas a jugar a los bolos con las barreritas esas tan tristes que te ponen si lo pides, el día que quieras quitárselas, es probable que lancen tan recto como tú después de beberte catorce gyn-tonics; es lógico, no tienen ninguna práctica y la inseguridad ante el fracaso es fuerte porque están ante una emoción desconocida;

¿Qué diantres es eso del fracaso?

Si esperas veinte años a quitarle las barreras -porque sino el niño se deprime cuando falla-, ¡bravo! ¡Enhorabuena! ¡Te ha tocado la muñeca chochona o el perrito piloto! Has creado un perfecto imbécil de tres pares de cojones que, además, será incapaz de comprender por qué se las quitas, ¡¿y qué haces que no me las pones de nuevo?! Resulta que unos irresponsables le metieron en la sesera que, como menor desprotegido, tiene el derecho a que se las pongan… Se ve que lo pone en la constitución “deben ponerse las barreras para que al nene no se le vaya la bolita directa a la canal”.

La responsabilidad de la educación reside en primera instancia en los padres o tutores, -aunque a muchos esto hoy en día les suene a chino mandarín-. Si no quieres tener esa responsabilidad porque estás demasiado estresado con tu vida: ¡piénsatelo! córtate el tubito, lígate las puñeteras trompas, ¡no tengas hijos! Si los tienes, no esperes que la escuela ¡o la tele! los eduquen por ti. Si eres un tarugo que no tiene sentido del humor y resulta que, por arte de magia, tu descendencia tiene cierta habilidad o capacidad para la comicidad ¡es un auténtico milagro! Es como la lectura: si los padres no leen ¡es un milagro que los hijos cojan un libro por voluntad propia! Pues igual: hace falta personalidad, descaro, ¡libertad!

«Humor. Lo demás son tonterías». Sergi Mo. Disponible en sergimo.com y a través de AMazon

Sergi Mo

Author Sergi Mo

Artista. Pintor. Narrador de historias.

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